Saturday, 24 November 2007

Old (New) York


Me canse de errar por el mundo. Llevo 10 años en mi eterno viaje y me canse.
Encontre un rincon al que llamar hogar, personas que me apoyan en ese rincon
Lo suficientemente cerca del rio que fluye. Como yo fluyo sin cesar.
Encontre un rinconcito al que llamar casa, hogar, lar.
Y me dije que me quedaba aqui. Al menos por un tiempo. Que me asentaba. Que pararia.

Y ahora debo partir - de nuevo hacer las maletas, de nuevo buscar un lugar temporal en el que reposar- Me niego a rehacer mi vida una vez mas. Me niego a recomenzar.
Mantendre mi pequeño rinconcito en este mundo. El pequeño rincon que llamo mio.
Pero una vez mas, es tiempo de hacer las maletas, de descubrir otra ciudad.
Parti un poco rehacia. Como si fuera infiel a mi Londres ya. Aun sabiendo que es una ciudad bonita, con encanto. He llegado a ella y me gusta. En cada baldosa del suelo se respira la historia. No, no se respira. Se oye. Se oyen los ecos de muchas historias, otras vidas, que fueron, que aun son en sus calles. Cuando dentro de dos años me apreste a dejarla, como tantas otras deje, esta guardara el eco de mis pasos, mi historia resonando en sus calles, como tan netas pueden oirse el resto de las historias que por ella pasaron.

Y sin quererlo, sin haberlo buscado esta vez, de nuevo soy la nomada eterna.

Friday, 16 November 2007

El Nomada Eterno

Hoy me he preguntado qué nos hace sentirnos bien o mal en el lugar donde vivimos.
¿Por qué hay gente que no sale nunca de su país, de su ciudad de origen?

Se podría clasificar a las personas según su movilidad geográfica. Hay gente que no sale nunca de su país, de su ciudad de origen. Hay personas que salen, ocasionalmente, en vacaciones, pero jamás se plantearían siquiera vivir en el extranjero. Los turistas accidentales, los viajeros por placer. Están aquellos curiosos, que degustan el extranjero, viviendo un período corto en otro país, una misión o desplazamiento laboral, un año de estudios fuera, quién sabe qué pequeña ambición o curiosidad. Y están los trotamundos, los que sienten una atracción inmensa ante otros países y un deseo imperioso de integrarse en un gran número de culturas diversas.

Yo pertenezco a este último grupo, grupo de incomprendidos por tantos. Pero, ¿qué nos hace entrar en este grupo? El “nómada eterno”, ¿se nace o se hace? Yo nací. Desde que tengo memoria me sentía atraída por el mundo que estaba ahí fuera, llamándome, y que yo, humildemente quería poner “a mis pies”. Me hubiera gustado iniciar mi recorrido por el mundo desde que entré en el confuso mundo de la adolescencia, que yo, viví con bastante claridad, por otra parte. Me fue imposible. Esperé pacientemente la independencia, la posibilidad. Sabía que era una cuestión de tiempo. Diez años de espera y anhelo. Quizá por eso, ahora, tras ocho años fuera de mi patria, no sienta el deseo de volver inmediatamente, no he saciado mi sed de otros mundos.

Seguimos sin responder a la pregunta del porqué uno se dirige hacia otros lugares. ¿Es algo innato? En mi caso, hay una atracción enorme hacia los idiomas. También hacia la gente. Gente de todos tipos. Parece encajar. Los idiomas te permiten entender mejor a la gente, porque, a pesar de mis queridos amigos los traductores e intérpretes (una vez quise ser una), hay cosas intraducibles, sutilezas sólo expresables en un determinado idioma. Y un pueblo, muchas veces acaba distinguiéndose de otro por esas pequeñas sutilezas. Me resulta indispensable aprender el idioma de alguien que quieres conocer bien. (Por eso no entiendo esas raras parejas mixtas que no intentan aprender la lengua del otro). Otro factor sería, que al hablar varios idiomas, puedes permitir comunicarse entre sí a dos personas que sin ti no podrían (sigue en mí de algún modo esa vocación de intérprete casual).
Resumiendo, hay ganas de aprender idiomas, y para ello se debe ir al país de origen. Y ganas de conocer a gente, gente diversa.

Para mí es fácil encontrar la felicidad en este modo: viajando por el mundo, instalándome por períodos en otros países, en otras ciudades. Descubrir sus maravillosos rincones secretos, y su gente, siempre sorprendente. Pero, no todo es perfecto para los eternos nómadas; este modo de vida, tiene sus contrapartidas. Y es que, uno que ama la gente, compartir y crear amistades, sufre siempre al ir dejándolas cada vez en un nuevo lugar, esparcidas por el mundo. Y duele, duele el saber, que una vez iniciado el proceso no hay marcha atrás, que nunca podrás estar a la vez en todas esas ciudades ni con todas esas personas. Cuando se parte, la ciudad y sus gentes se quedan, como el eco infinito de etéreas campanas en el aire de la tarde, doblando por siempre en el corazón.